Ahí, donde las almas yacen inertes, exangües, han de ir los espíritus que a maldita hora me embargan. Si suprimiera semejante melancolía, la hipocondría apenas titilaría sobre las cabezas humanas.
Así, las sólidas ramas de robles se desfolian en exiguas verdascas; un vendaval intempestivo e inopinado, de las llagadas raíces, les hubo arrancado.
Donde la savia ya ha perecido y los remanentes del recuerdo atisban en la memoria, anquilosada veneración de la ignominia.
Donde se creía la vida inmarcesible y la noche romántica pernoctaba, sempiterna aleve.
Donde las luces estelares fulguraban por deferir con la belleza, y, ésta, una mirada lábil les brindaba.
Donde las huellas en la arena jamás secan, aunque el mar no les bañe, existen por otra calaña de aguas.
Es la incertidumbre la guía de mis pasos; es la ilusión la luz de la senda: solamente la percepción instantánea de la plúmbea realidad le mostró su naturaleza arbolaria: fría, seca, resquebrajada, inerte, umbrosa.
La luz reverdecería los bosques. Y apenas son las dos menos cuarto. Amurallarse o desistir. Si la monomanía se refutó en décadas anteriores, ¿qué demontre es esto?
Si la verdad es bella,
y la razon lleva a la verdad;
si el amor vuelve estúpido,
y la estolidez ignora la verdad;
por lo tanto no hay razon para amar.