Firmamento nuboso
Su voz: la acústica amatoria; las palabras que profiere: la sonata que levanta el alba y acalla el murmullo del orvallo vesperal; que alza los astros para, luego, clavarlos en la existencia onírica; la misma composición que querrías oír en tu agonía.
Las nubes: Otean desde el firmamento, parsimoniosas y altivas. La algidez de la soledad pondera en las alturas. Necesitaría grandes alas si planear quisiera; tú me las has dado. Aún así eres mi comparsa en aquellos lares; no sabía yo que los ángeles poseyesen cuatro.
¿Y si sólo somos la foto que tomó nuestro recuerdo? Esa lagrima que se contiene en su partida, de la carne exangüe y lipemanía embebida.
El zagal, vacante de artería, que pernocta por su atrición, que espera por su vindicta: sentimientos debelados. Se entrevera el vilipendio, ávido de frugalidad, que profieren los hombres inermes, víctimas del Verdugo vejatorio, de la perfidia.
Es el dolor que penetra en tus malditas saetas, certero Verdugo, hasta la médula: el instante en la soledad. ¿Y dónde se es más abandonado después de esto? Me resisto a perecer, y que mis carnes yazcan en el anonadamiento de la esperanza. Quizá su exultante hálito sea oriflama del deseo, cual fragante floresta troyana, el que me alivia y me recidiva a distintos tiempos.
Empero ¡basta las cursilerías y pomposidades azucaradas! Todo anacrónico es, lo que dicho está: incoaste la travesía eterna. ¿Por qué me concatenaste a estas álgidas veras? Cuán descortés es llegar sin remitir aviso alguno. Inopinada tu llegada a la sílfide mortuoria le pareció; intempestiva, por mi parte.
¿Es que no había algo que te clavara, aquí, tanto como a mí? Esa leva voluntaria, esa incertidumbre, me abrevó ¿Qué haría yo sin ti, si la vida es la existencia con sentido?
¿Y qué hago ahora con la frialdad de tus brazos, si el candor de los míos se ha perdido? Un día te dije que si te matabas, también me mataba yo…


