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miércoles, junio 27, 2007

Firmamento nuboso

“Me siento en las nubes”… Quizá sea por que se aperciben de sus miembros pendientes cual hilo moral; sus entrañas, vermiforme masa aleve, recobran la tersura y la terneza: ya no son más.

Su voz: la acústica amatoria; las palabras que profiere: la sonata que levanta el alba y acalla el murmullo del orvallo vesperal; que alza los astros para, luego, clavarlos en la existencia onírica; la misma composición que querrías oír en tu agonía.

Y es que la felicidad es la actividad contemplativa. Aquel que clavase la mirada en el viso de su bien más caro, habrá entendido ya. La contemplación de ese instante lábil, menos que desearle fuera sempiterno, es amado por su naturaleza lacónica, por la intromisión del ósculo cigomático, lábil, quizá gingival y, en el mejor de los casos, de alcance gutural.

Las nubes: Otean desde el firmamento, parsimoniosas y altivas. La algidez de la soledad pondera en las alturas. Necesitaría grandes alas si planear quisiera; tú me las has dado. Aún así eres mi comparsa en aquellos lares; no sabía yo que los ángeles poseyesen cuatro.

¿Y si sólo somos la foto que tomó nuestro recuerdo? Esa lagrima que se contiene en su partida, de la carne exangüe y lipemanía embebida.

El zagal, vacante de artería, que pernocta por su atrición, que espera por su vindicta: sentimientos debelados. Se entrevera el vilipendio, ávido de frugalidad, que profieren los hombres inermes, víctimas del Verdugo vejatorio, de la perfidia.

Es el dolor que penetra en tus malditas saetas, certero Verdugo, hasta la médula: el instante en la soledad. ¿Y dónde se es más abandonado después de esto? Me resisto a perecer, y que mis carnes yazcan en el anonadamiento de la esperanza. Quizá su exultante hálito sea oriflama del deseo, cual fragante floresta troyana, el que me alivia y me recidiva a distintos tiempos.

Empero ¡basta las cursilerías y pomposidades azucaradas! Todo anacrónico es, lo que dicho está: incoaste la travesía eterna. ¿Por qué me concatenaste a estas álgidas veras? Cuán descortés es llegar sin remitir aviso alguno. Inopinada tu llegada a la sílfide mortuoria le pareció; intempestiva, por mi parte.

¿Es que no había algo que te clavara, aquí, tanto como a mí? Esa leva voluntaria, esa incertidumbre, me abrevó ¿Qué haría yo sin ti, si la vida es la existencia con sentido?

¿Y qué hago ahora con la frialdad de tus brazos, si el candor de los míos se ha perdido? Un día te dije que si te matabas, también me mataba yo…

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