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lunes, octubre 23, 2006

Oda policíaca

Siempre vestidos de jirones cerúleos, de miradas gachas y vientre henchido. Han cargado con el lastre colectivo, con la ignominia del ejercicio judicial y los entrecejos ceñidos. Les han debido juzgar, sino como criminales, sí como traidores; Judas no ha muerto en México. Vaciaron sus sesos a unas botellas de alcohol, para sopesar el triste dolor de su expiación; secaron sus manos sudosas de trabajo, y les impelieron el deber de empuñar la macana.

Juzgamos la actitud norteamericana cuando ataca nuestros connacionales, pero nuestra conducta es similar. Les detestamos, pero los necesitamos. Quizá existe una mayoría proba, no puedo afirmar que así sea; pero sí hay certeza respecto de los grupos quebrantados.

Va mas allá del patetismo, es algo que se proyecta en el deseo de odiar y compadecer. Si tratara de precisarle, sería un oxímoron. El uno es causa del otro, o la inversa. Son los sudras de las castas mexicanas, aquellos que deben libar del cieno que nosotros desdeñamos mirar. Son los ojos miopes y las miembros lánguidos de lo que en veces llamamos justicia.
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