Titila y atraviesa
Un tipo se detuvo y avizoró en ambas veras; le era consabido tantas peripecias y tragedias acaecidas en aquél ángulo. No obstante, a mi parecer, dadas las acciones determinadas por ese individuo, todo es menos ingente que 33 segundos.
Pues, así es como se macula de parda vesanía las calles de nuestra metrópoli. Acaso el tercio de minuto que le arrebatan al hado es de valor hermanable a la existencia misma ¿Es la vida actual tan despreciable? Quizá lo sea, pero sus subterfugios son aún umbrosos; justifícate que te quiero entender!
Verde, ambar y sangre. La última coloración de las luces es más que su faz imperante; es el vaticinio de semejantes imbéciles, cobardes. Han de despreciar tanto su existencia, que ni agallas han adquirido, ni garras parieron. Sí, Durkheim les enclaustraría en el suicida obsesivo; llaman por el suicidio, se les presenta y le rehuyen: no desean cargar la vida, mucho menos la atrición de dejarla. Es por eso que legan el privilegio, o expiación, de autoexterminio a otro.
Sin embargo, existe otro tipo de individuo, más contradictorio, y, por ende, más imbécil. Aquél que dice apreciar su existencia, pero se aventura contra las ojivas rodantes, prestas a matar estúpidos; sabe que es muy probable que haya otros individuos-los que dirigen las ojivas- más idiotas que él, que le hollarían el rostro y le inhumarían la identidad.
Bien, me he alongado en tanta perorata y peyorativas saetas; solo quisiera guarnecer de la siguiente guisa: Infelíz pedestre, espera tu luz para cruzar.
Pues, así es como se macula de parda vesanía las calles de nuestra metrópoli. Acaso el tercio de minuto que le arrebatan al hado es de valor hermanable a la existencia misma ¿Es la vida actual tan despreciable? Quizá lo sea, pero sus subterfugios son aún umbrosos; justifícate que te quiero entender!
Verde, ambar y sangre. La última coloración de las luces es más que su faz imperante; es el vaticinio de semejantes imbéciles, cobardes. Han de despreciar tanto su existencia, que ni agallas han adquirido, ni garras parieron. Sí, Durkheim les enclaustraría en el suicida obsesivo; llaman por el suicidio, se les presenta y le rehuyen: no desean cargar la vida, mucho menos la atrición de dejarla. Es por eso que legan el privilegio, o expiación, de autoexterminio a otro.
Sin embargo, existe otro tipo de individuo, más contradictorio, y, por ende, más imbécil. Aquél que dice apreciar su existencia, pero se aventura contra las ojivas rodantes, prestas a matar estúpidos; sabe que es muy probable que haya otros individuos-los que dirigen las ojivas- más idiotas que él, que le hollarían el rostro y le inhumarían la identidad.
Bien, me he alongado en tanta perorata y peyorativas saetas; solo quisiera guarnecer de la siguiente guisa: Infelíz pedestre, espera tu luz para cruzar.



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